Solemos tener una
lista de “próximos países a visitar”… con aquellos sitios que nos gustaría
conocer. Yo al menos la tengo… Y he de confesar que Panamá –no sé muy bien por
qué- pero no estaba en esa lista. Cuando mi amiga Marina me dijo que ella, por
temas de visado, tenía que salir de México y se iba a Panamá; no tuvo que
repetírmelo ni dos veces para que yo me uniera a la escapadita. Dicho y hecho.
Billetes comprados y viaje en marcha. Desde que nos conocimos en Ecuador, no
habíamos hecho un viaje juntas, más bien, nuestra amistad había sido trasatlántica
porque no habíamos ni coincidido en el mismo continente. Pero nuestra suerte
había cambiado.
Lo de los
viernes, quincena (aquí el sueldo se paga cada dos semanas), con lluvia y
primera hora de la tarde es fatídico. Tanto es así que por momentos pensé que
perdía mi vuelo. Un ávido taxista y una estrella que me suele acompañar
hicieron lo necesario para que esto no sucediera.
La primera
sensación que noté al bajarme del avión fue una tremenda humedad. Viniendo de
los interminables meses de lluvias en México, fue una sensación que mi cuerpo
agradeció. Marina ya estaba en Panamá desde el día anterior, un primo suyo
trabaja allí desde hace un mes, así que la cuestión alojamiento estaba más que
solucionada. Tenía indicaciones sobre precio a pagar por el taxi hacia el
reencuentro con Marina. No me acordaba muy bien del coste, me hice la locatis y
acabé pagando lo que yo consideré oportuno (11 dólares, cuando en realidad
luego comprobé que el precio mínimo son 28) compartiendo con un chico –que
resultó ser un gallego muy simpático que llevaba cinco años en el país- el
taxi/camioneta que él ya había contratado.
Me quedé boquiabierta al ver el skyline que
se extendía ante mis ojos. ¿Me había equivocado de avión? ¿Estaba realmente
en Panamá? Aquí entran en juego las ideas preconcebidas que se suelen tener al
viajar a un nuevo país. Parecía que había viajado a “Miami II” pero no, estaba
en Ciudad de Panamá, en la parte nueva de la ciudad. Al día siguiente
comprobaría que existían otras zonas que se ajustaban a esa idea que yo
previamente había creado en mi mente.
Marina y su primo
Alejandro me esperaban con un tequila José Cuervo sobre la mesa. Regalo que yo
había pensado llevar a mi recién estrenado anfitrión, pero que las prisas y el
“casi-pierdo-un-vuelo-como-para-ponerme-con-los-tequilas” me lo impidieron.
Salimos a cenar y
el espectáculo era de lo más peculiar. Seguía viendo a una Panamá que nunca me
habría imaginado. Rascacielos poblaban las calles uno tras otro, sin descanso.
Fuimos a cenar a una zona plagada de restaurantes de todas las nacionalidades y
acabamos en el HABIBI, uno de comida árabe. Curiosa elección. Hummus y falafel
inauguraban mi llegada a Panamá. Después tomamos
una copa en una terraza de uno de esos edificios. El ambiente era de lo más
chic. No tanto el servicio del lugar, tuvimos que repetirle a la camarera 3
veces lo que gin&tonic significaba para nosotros. Piscina alargada, césped
artificial, camas y sofás blancos completaban el resto del dibujo. Decidimos
seguir la noche en un garito y conocer así la fiesta autóctona del lugar.
Otra amiga
española que vive en México también estaba allí y nos queríamos reunir con
ella. Subimos a un taxi pero una lluvia que parecía que iba a borrar Panamá y a
nosotros del mapa nos lo impidió. Paramos un taxi. Subimos. La lluvia cada vez
arreciaba más y más. Calle inundada, giro al más puro estilo autos de choque.
Otra calle inundada. La velocidad del taxi aumenta a la vez que lo hace la
lluvia. El nerviosismo del taxista también parece ir in crescendo. El nuestro
también. Coche marcha adelante, coche marcha atrás. El agua sobrepasa las
ruedas. Un inmenso charco cubre la luna delantera. Esto ya “se está yendo de madre”. De vuelta a casa y a la fiesta le
pueden dar un rato. El taxista nos pide el doble de lo acordado. Le decimos que
ni de…. “Aquí a veces llevan pistolas en los autos”, nos explica Alejandro. Va
a ser que le pagamos el doble O LO QUE SEA. Este chico no parecía muy normal y
quiero pasar de mi primera noche en Panamá.
Amanece soleado
al día siguiente. Comienza un día de lo más completo. Empezamos con un súper desayuno para coger fuerzas y nos
disponemos a conocer el Casco Antiguo de Panamá. Eso SÍ parece la ciudad de
Centroamérica que yo imaginaba. Paseando por sus calles me recuerda –con
distancia pero algunas similitudes en mi mente- a La Habana. Desde esa zona de la ciudad, empedrada,
repleta de edificios antiguos preciosos, no hay uno igual a otro, calles con
casas de colores… das un giro de 180 grados sobre ti mismo y te encuentras con
el Miami II de la noche anterior, al fondo. Repito el giro en sentido contrario
y sigo disfrutando del lugar.
Un largo paseo está lleno de puestecitos en los que los indios Khuna Yala (una comunidad que vive en el archipiélago de San Blás, pero eso lo dejo para más adelante). Allí vemos como cosen las “molas”. Se trata de un textil cosido en una especie de panel con preciosos diseños y múltiples capas. En el idioma kuna, mola significa “ropa” o “blusa”. Su traje tradicional completo incluye falda, una bufanda atada a la cabeza, un anillo de oro en la parte central de la nariz y un hilo con cuentas de colores que se va enroscando en piernas y brazos. De lo más colorido, estético y visual. Molan mucho ;-)
Nos disponíamos a seguir con nuestro paseo, cuando -de la forma más sutil, creativa y embaucadora- el que se convertiría en pocos segundos en nuestro guía panameño durante casi toda la mañana, apareció: Julio era su nombre y nosotras para él, una pareja de hermanas. Durante las fotos de todo el viaje se puede ver que Marina y yo parecíamos estar sincronizadas mentalmente a la hora de preparar nuestras respectivas maletas. Colores y formas se conectaban día tras día. Y la pregunta de “¿son ustedes hermanas?” se convirtió en habitual.
Julio comenzó explicándonos la que fue la puerta secreta a un pasadizo que iba de forma subterránea por toda la antigua Ciudad de Panamá, para seguir con la zona del Palacio Presidencial, los restos de las murallas que separaba la zona más rica y más pobre de la ciudad, las pequeñas fortalezas donde los centinelas vigilaban la zona, un monumento en honor a los ingenieros franceses que iniciaron la construcción del Canal, una casa con forma de buque o la característica Catedral Metropolitana: con fachada de piedra labrada y dos torres laterales blancas con incrustaciones de madreperla que lanzan destellos con la luz del sol.
Las calles empedradas y los edificios coloniales iban siendo testigos de todas las historias y anécdotas que Julio nos iba relatando…
*Una de las primeras paradas fue en el lugar donde se grabó una de las imágenes de Prison Break, en la tercera temporada cuando vuelve a ser encerrado en una cárcel de Panamá. No cuento más para no desvelar secretos a aquellos adeptos a la serie que todavía no terminaron las peripecias de mi adorado Michael Scolfied! ;-). Este Julio sabía cómo ganarnos…
*El conocido sombrero “Panama hat” –como el que llevaba nuestro guía, creado con hojas trenzadas de la palmera del sombrero de paja- realmente es originario de Ecuador. Durante la construcción del Canal, fueron importados miles de sombreros para los trabajadores de su construcción y se fueron haciendo cada vez más famosos en el país. Y el hecho de que el Presidente Roosevelt llevara uno en la inauguración del Canal, fue lo que bastó para catapultar al complemento hasta el equívoco nombre de “Panama hat”.
*En 1997, el Casco Antiguo de la Ciudad de Panamá fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. A priori parece una magnífica noticia. Reconstrucción de los edificios, revalorización de los terrenos, mayor atracción para el turismo, ciudad más preparada para los viajeros. Calles renovadas, hoteles, edificios restaurados, zonas comerciales… Todo parecen buenas noticias. Pero toda moneda tiene dos caras y ésta también. Las familias que habitan en sus hogares desde varias generaciones son “invitadas a irse” porque esas casas pasan a ser propiedad del Gobierno y entran a manos de las inmobiliarias. Personas como Julio –nos enseñó su casa en pleno Casco Antiguo, mientras sus familiares nos saludaban desde el balcón- son desplazadas de su barrio de toda la vida para dar paso a nuevos residentes, de mayor nivel económico y en su mayoría extranjeros. Mediante “soluciones habitacionales de interés social” y en el mejor de los casos indemnizaciones mínimas, los panameños de San Felipe ven como su futuro cambia y ellos no pueden hacer nada para impedirlo. Ellos dicen “se habla mucho del patrimonio histórico… pero ¿qué pasa con el patrimonio humano?"
*La zona en la que él vive se llama es San Felipe y donde NO debemos pasar bajo ningún concepto es al barrio del que todo el mundo nos previene: El Chorrillo, curioso nombre. Allí no somos bienvenidas, pues sea cual sea exactamente tu país de procedencia, allí seríamos consideradas “gringas”. En ese barrio concretamente empezó “La Invasión” y las heridas siguen abiertas. Se trata de una parte de la historia muy reciente pero que no mucha gente conoce. En el año 1989 un operativo militar del ejército estadounidense entró a Panamá para capturar al dictador Noriega (requerido por la justicia americana acusado de narcotráfico, entre otras cosas).
Ese operativo, que irónicamente –a mi parecer- se denominó “Operación Just Cause” (Operación Causa Justa) supuso miles de muertes de ciudadanos panameños. Julio nos cuenta que en esa intrusión perdió a su mujer embarazada de dos meses. En un conflicto siempre hay múltiples versiones, si buscas números de víctimas y cifras: hay quien dice que esa cifra jamás se llegará a conocer, hay quien opina que los comunistas exageraron los números para demonizar la acción americana. Los motivos de esa operación militar parece obvios para los panameños (asegurar el control del Canal) pero muy claros para los americanos (acabar con el dictador Noriega). Podemos opinar, leer, buscar información, pero nunca una versión será más válida o verídica que la propia, para alguien que perdió a dos miembros de su familia en este episodio…
Muchas veces somos reticentes a llevar la compañía de un guía, a que alguien “nos cuente historietas y luego nos quiera timar”… pero ¿quién mejor para contarte la historia de un país, que uno de sus habitantes? Conocer a Julio y dejarnos “embaucar” por su maravillosa dialéctica fue, definitivamente, lo mejor que nos había pasado esa mañana. Casi sin darnos cuenta eran las 4 de la tarde y nosotras ¡muertas de hambre! Nos habían invitado a una barbacoa en uno de los rascacielos que contrastaban con todas las historias que a través de Julio acabábamos de vivir. Vuelta hacia la parte nueva y viaje a las alturas.
Un grupo de españoles e internacionales nos esperaban con Bea, el tercer miembro de nuestro tridente panameño. Entre perritos calientes, hamburguesas, un increíble atardecer, charlas con los pies en el agua, planes de viajes futuros y risas… la luz desapareció pero mi primer día panameño todavía no terminaba. De hecho, nunca terminó. Habíamos contratado una excursión para pasar los dos próximos días en una de las islas de San Blas. El jeep que nos llevaría salía a las 5,30 de la mañana y nosotras apuramos casi hasta el final en el magnífico Teatro Amador. Un lugar con mucho encanto que me recordó enormemente –localización, ambiente y música- a la adorada Sala Sol.
Las pocas horas de sueño hacían mella en el trío calavera pero nada paraba los planes.
Todo seguía como estaba planeado. Parada en el supermercado para aprovisionarnos con víveres y mucha agua (nuestra incipiente resaca y las pocas -1- horas de sueño hicieron que ni se nos ocurriera pensar en alcohol: Iba a ser un viaje de limpieza corporal y espiritual), siestas intermitentes en el jeep y ya casi estábamos en nuestro destino. Una pequeña barquita nos llevó hasta nuestro paraíso particular, el que sería nuestro hogar durante los próximos dos días: la isla de Chichime. El archipiélago de San Blas está formado por 365 islas, de las que sólo unas 80 están habitadas y unas 30 preparadas para recibir turistas.
Por diversas recomendaciones de amigas viajeras, nos decidimos por Chichime. Podías dar la vuelta a toda la isla en menos de tres minutos. Palmeras y vegetación más frondosa en su centro, playas paradisíacas de agua cristalina y millones de estrellas de mar en las orillas, casitas de familias que viven allí, señoras tejiendo sus coloridas molas… un escenario de lo más sosegado. Aquella isla transmitía calma. Mañanas enteras al sol (o no sol, no tuvimos demasiada suerte con el tiempo pero -a pesar de que los rayos no brillaban demasiado- todas volvimos con colorcito panameño), libros devorados en cuestión de horas, micro-siestas apoyadas en un tronco que hacía de almohada…
Todo esto aderezado con la comida que la familia que nos acogía preparaba para nosotros: pescado del día y arroz. Ya nos lo explicaron a nuestra llegada: “aquí se come lo que se pesca… y si no hay pesca un día, pues pollo”. La última noche nuestro plato sólo estaba compuesto de arroz y un poco de ensalada… “Hoy no ha habido suerte” pensamos, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver que habían reservado lo mejor para nuestra despedida: ¡vaya langosta nos metimos entre pecho y espalda!
Todo lo bueno se acaba y nuestra estancia en Chichime llegaba a su fin. Volvíamos a la civilización y yo en unas horas, cogía mi avión de vuelta a México. Iban a ser 4 días fuera de casa, pero parecía que hubieran sido 4 semanas.
El primo de Marina nos esperaba en la ciudad y con él nos quedaba nuestra última parada en Panamá. ¿Cómo nos íbamos a ir de allí sin conocer el famoso Canal? Esta vía de navegación interoceánica que une el mar del Caribe y el Océano pacífico fue inaugurada en 1914, haciendo de Panamá un lugar de gran potencial estratégico, influyendo en el comercio mundial.
Tuvimos suerte, justo a nuestra llegada pudimos asistir al paso de dos barcos de un lado a otro. Por la tarde pasaban del Caribe hacia el Pacífico (y por las mañanas, al revés; pero actualmente se está construyendo otra exclusa para poder realizar pasos en las dos direcciones a la vez). Los barcos (no se trata de barquitos de juguete… son buques de carga gigantescos, que pueden llevar hasta 5.000 containers) tiene que pasar tres cámaras en cada esclusa y un total de tres esclusas. El paso de cada barco por el Canal de Panamá suele tardar unas 8-10 horas. En cada cámara, se abren las válvulas y el agua fluye por gravedad desde el cuerpo superior al inferior, hasta que se ecualizan o emparejan los niveles. El tiempo que tarda en equilibrarse el agua entre las cámaras son entre 8 y 10 minutos. “Menos que llenar la tiña de un baño casero”, narraba una explicación por los altavoces para todos los curiosos. Visto allí todo parece muy simple y muy fácil… Y pensar la influencia mundial que tiene ese pequeño emplazamiento en un lugar llamado Panamá…
“A veces la vida nos detiene los pies, para que paremos y
descubramos nuestras alas” ;-)














oye no entiendo lo de las cámaras y las esclusas y eso de que tres esclusas
ResponderEliminaryo me imagino que en ese canal tan grande tiene que ver más de 3 excusas
Jajr
yo también quiero ver el canal
me gusta lo de cambiar los pies por las alas
ResponderEliminary también me gusta tu última foto bueno el resto de las fotos tambien son muy bonitas
Me apunto Panamá!!
ResponderEliminarFerry